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LOS PÍCAROS EN LA PINTURA DEL BARROCO

El pícaro era un personaje característico de la sociedad española de los siglos XVI a XVIII y tuvo su reflejo en la literatura de la época 

Por el contrario, el pícaro tiene una presencia sumamente limitada en la pintura de aquellos días.

La vieja y el muchacho, de Murillo
Los marginados en la España del Siglo de Oro

La estructura social de los siglos XVII y XVIII impedían la posibilidad de promoción, esto, junto con las frecuentes crisis económica, consecuencia de los continuos periodos de guerras, las malas cosechas y las epidemias, intensificaron la miseria de los menos favorecidos.

A esta horda de indigentes, cada vez más abundante, no le quedó más remedio que vivir de la caridad en las grandes ciudades, sobre todo Sevilla y Madrid, donde acudían para dedicarse a la mendicidad, hasta que un golpe de fortuna les permitiera conseguir un trabajo con el que ganarse el sustento.

También formaban ese grupo de los desafortunados y marginados los no podían trabajar por razones de enfermedad, edad o mutilación. Estos tenían el derecho de pedir limosna, constituyendo un tipo de mendicidad reconocida y socialmente bien vista.

Sin embargo, abundaban igualmente los falsos mendigos, es decir, los pícaros. Estos simulaban enfermedades o heridas y tanto más ganaban cuanta más pena podían dar.


Dos muchachos y vieja con fruta, de Velázquez
Normalmente los pícaros (cuya existencia no afectó solamente a España, sino que se dio a nivel europeo) robaba lo justo para comer, distinguiéndose del rufián en su carácter cínico y amoral y en la ausencia de violencia para lograr sus fines.

Por lo general, el pícaro procedía de un estamento social bajo. y era una persona que tenía que ingeniárselas para poder sobrevivir, lo que normalmente hacia a costa de la ingenuidad de los demás. Para ello, bien podía recurrir a un ingenio despierto y vivo, o por el contrario aparentar estupidez, dependiendo de las circunstancias que se le presentara.

En total, parece ser que a principios del siglo XVII se cuentan en España más de 150.000 vagabundos (sólo en Madrid se cifran en 3.300 en 1637).

Literatura y picaresca

El pícaro era, por tanto, un personaje característico de la sociedad española de los siglos XVI a XVIII y tuvo su reflejo en la literatura de la época  (con un número de novelas que rebasa la cuarentena) que le dedicó todo un género narrativo donde se contaba la vida y aventuras de estos curiosos personajes.

Silenio borracho, de Ribera
La novela picaresca surgió como crítica por un lado de las instituciones degradadas de la España imperial y por otro de las narraciones idealizadoras del Renacimiento: epopeyas, libros de caballerías, novela sentimental y novela pastoril. El fuerte contraste de valores entre los distintos estamentos sociales de la España de la época generó, como respuesta irónica, unas llamadas «antinovelas» de carácter antiheroico, mostrando lo sórdido del momento histórico: las pretensiones de los hidalgos empobrecidos, los miserables desheredados, los falsos religiosos y los conversos marginados.

Frecuentemente los pícaros y vagabundos son fustigados en los escritos literarios al asimilar la mendicidad a la delincuencia y la vagancia, pero por lo general, narran la “epopeya del hambre” a través de un mundo miserable donde sólo se sobrevive gracias a la estafa y al engaño y donde toda expectativa de ascenso social es una ilusión. Estos pícaros son el contrapunto irónico a los valientes caballeros de épocas pasadas como Don Quijote. Ejemplos inmortales de estos tipos serán “El Lazarillo de Tormes”, “Guzmán de Alfarache” o “La vida del buscón llamado Don Pablos”, personajes de las novelas ejemplares de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina.

Adoración de los pastores, de José de Sarabia
Los pícaros en la pintura

A pesar de lo extendido que estaba esta figura del pícaro en España y que se prodigó en la literatura, no tuvo el mismo reflejo en la pintura. Su presencia es sumamente limitada.

Sevilla contaba a finales del siglo XVI con cerca de 150.000 habitantes. Era, con mucho, la ciudad más rica y cosmopolita de España a tenor del monopolio de comercio con América, lo que conllevaba que allí existiera una próspera colonia de comerciantes y mercaderes en especial flamencos y genoveses para negociar con los galeones que llegaban de las Indias. La nobleza y la burguesía de comerciantes se codeaban allí con vividores, aventureros y pícaros.

La riqueza que en la ciudad se movía dio pie también a que Sevilla fuero un importante centro de mezenazgo artístico. Por eso, los pintores sevillanos, o vinculados a la ciudad, son los que de forma más directa se van a hacer eco del personaje del pícaro en sus obras, aunque no fue un tema que tuviera mucha implantación en los pintores españoles y suelen ser personajes secundarios de las composiciones.

Invitación al juego de pelota, de Murillo
Esta falta de presencia en las obras pictóricas podrían explicarse por varias razone. Salvo excepciones, los pintores se dedicaron casi en exclusividad a plasmar escenas religiosas, pues la clientela así lo demandaba, además era un personaje demasiado real, lo cual incomodaba a los mecenas. La pintura tenía un sentido moralizante y su función era reproducir belleza,   ensalzar a los santos —héroes religiosos—. y cantar los hechos históricos de las glorias nacionales, pero no encumbrar a villanos.

Pinturas con pícaros

Según reconocen la mayoría de los expertos, son pocos los cuadros que parecen tener una relación directa con la novela picaresca, aunque algún ejemplo hay como el atribuido a Murillo de «Celestina y su hija en la cárcel» (Museo del Ermitage) con la obra de Alonso Jerónimo Salas Barbadillo «La hija de Celestina» (1612) o "El Lazarillo de Tormes" de Goya con su homónima literaria.

El Lazarillo de Tormes de Goya
No obstante, no existe tanta unanimidad a la hora de discernir entre un pícaro y un desfavorecido de la sociedad en los cuadros españoles sobre el tema. Sin embargo, hay algunos lienzos en los que se ve claramente la figura del pícaro, como el cuadro de Murillo «Invitación al juego de pelota a pala» (The Governors of Dulwich Picture Gallery de Londres), en el que un muchachito con aspecto de golfo está tentando a otro para que deje el encargo que tiene entre manos y vaya a jugar un rato en la calle.

También aparece este pícaro en otra obra de Murillo: «La vieja y el muchacho» (Colección del Duque de Wellington, Londres). Aquí. la vieja aparece comiendo en un plato. mientras resguarda éste del muchacho que tiene a sus espaldas, quien con un tono burlesco señala hacia ella.

Con similitud temática esta obra deVelázquez titulada «Dos muchachos y vieja con fruta» o «La vieja frutera» (Nasjonalgalleriet de Oslo), en el que dos jovenzuelos parecen tratar de engañar a una mujer vieja. El mismo Velázquez. pinta también el cuadro de los «Tres músicos» (Staatliche Museen. Berlín), en el que que el más joven parece tener más aspecto de pillo. En “Los borrachos” ocurriría también lo mismo con los personajes.

Tres músicos, de Velázquez
En «La Adoración de los Pastores» (Museo Provincial de Córdoba) de José de Sarabia se muestra a un muchacho que mira al espectador y señala al Niño con el dedo.  Su mirada y su sonrisa burlona nos acerca a la figura del pícaro.

José de Ribera nos ha dejado en su «Sileno ebrio» (Museo de Capodimonte. Nápoles). la presencia de otro muchachito con aspecto de pícaro.

En «La niña del tamboril» (Col. Drey. Londres), Ribera retrata a una gitanilla que también tiene aspecto de protagonista femenina de novela picaresca.



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