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EL PRÍNCIPE ENVENENADO; LA MUERTE QUE CAMBIÓ EL DESTINO DE ESPAÑA

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El 4 de octubre de 1497, el reino de Castilla y Aragón se detuvo en seco. El príncipe Juan, el heredero tan esperado de los Reyes Católicos, el joven de diecinueve años en quien se habían depositado todas las esperanzas de la dinastía Trastámara, había muerto. La noticia recorrió la península como un latigazo. La capital de Salamanca, donde el príncipe había caído enfermo de camino hacia la boda de su hermana, se convirtió en el epicentro de una conmoción que sacudió los cimientos de la monarquía hispánica. El poeta Juan del Encina, desolado, escribió: "Triste España sin ventura, todos te deben llorar" . La versión oficial fue clara y rápida: unas fiebres. Un joven de salud frágil, agotado quizás por el exceso de amor hacia su joven esposa Margarita de Austria —la leyenda lo atribuyó a una "gran pasión marital"— había sucumbido a una enfermedad que la medicina de la época no supo diagnosticar. Pero la historia, como casi siempre, es más compleja y mucho más oscur...

ISABEL "LA CATOLICA": MUJER, REINA Y MADRE

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Tuvo cinco hijos a los que no veía con demasiada asiduidad, pero se encargó de que su educación fuera esmerada. La muerte de su heredero, Juan, fue un duro golpe que no superó, al igual que la de su hija Isabel y su nieto Miguel que rompían su sueño dinástico. Como mujer, Isabel también sufrió de celos al lado de su esposo Fernando el cual, como cualquier príncipe de la época, disfrutaba de correrías e infidelidades con total inmunidad. Isabel la Católica Retrato de una reina Cuentan los cronistas de Isabel la Católica que era alta, de piel muy blanca y de porte majestuoso. Que tenía los ojos claros, de un azul verdoso, y que su mirar era muy gracioso y honesto. Su pelo era rubio, entre rojizo-dorado y cobrizo (rasgo que heredaron sus hijas Juana y Catalina), aunque con los años se le fue oscureciendo hasta volverse casi negro. Los escritores de entonces no se cansan de ponderar su hermosura, que según ellos no tenía rival en su tiempo, su honestidad, su ponderaci...