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EL ORO DE CANFRANC: LA RUTA SECRETA DEL TERCER REICH A TRAVÉS DE LOS PIRINEOS

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En lo más profundo del Pirineo aragonés, a 1.200 metros de altitud, la Estación Internacional de Canfranc se alza como un monumento de piedra y cristal que fue concebido para unir España con Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, se convirtió en el epicentro de una de las mayores operaciones de contrabando y blanqueo de capitales de la historia: el tránsito de 154 toneladas de oro saqueado por los nazis a cambio de wolframio para blindar los tanques de Hitler . Durante décadas, la historia fue considerada una leyenda. Pero un hallazgo fortuito en el año 2000 y los documentos desclasificados por el Departamento de Guerra de Estados Unidos en 1946 han desenterrado una verdad incómoda: España y Portugal, bajo los regímenes de Franco y Salazar, fueron cómplices activos del Tercer Reich . Esta es la historia de cómo una estación de tren en los Pirineos desafió las narrativas oficiales de neutralidad y se convirtió en el corazón de una sofisticada red de blanqueo de capital...

JUANA "LA LOCA": LA REINA SIN ROSTRO

Doña Juana I, reina de España, es una figura que permaneció en el olvido durante siglos, a pesar de haber sido uno de los monarcas españoles que más tiempo ciñó la corona.

Fueron los literatos y artistas plásticos del romanticismo los que resucitaron su figura en el siglo XIX a partir de lo que se consideró un dato cierto: su locura de amor.

Juana I
Parecidos poco razonables

Hasta Carlos I, y sobre todo hasta Felipe II, los palacios de la monarquía española carecían casi por completo de cuadros o esculturas, a excepción de algunos de temática religiosa. No había tradición ni gusto por el retrato. Sí abundaban por el contrario los tapices. Éstos se enrollaban y con suma facilidad se transportaban de un lugar a otro y llenaban de colorido, y no sólo desde el punto de vista estético, las frías paredes de los caserones reales.

Margarita de Austria
Por ello, en la Corte de los Reyes Católicos no abundaban los retratistas, pero en un determinado momento se decidió la contratación de especialistas como Juan de Flandes y Sittow, para tal fin. Impúsose así el modelo flamenco. 

Sin embargo, en ese época no se trataba tanto de ser fiel a la imagen real de la persona en cuestión a retratar como de reflejar simbólicamente lo que representaban, haciendose solo una aproximación a sus rasgos.




Así, con relación a la reina Juana I se ha puesto en duda la fidelidad a la fisonomía del personaje por las divergencias en el rostro con los distintos retratos identificados como la reina Juana.

 
Díptico de Juana y su esposo Felipe

Parece haber cierta semejanza entre las diferentes réplicas conservadas en la colección del Duque del Infantado de Sevilla y el museo Kunsthistorisches de Viena, lo cual en cierto modo puede  garantizar su identidad, más aún si se tiene en cuenta que el del museo vienés tiene en su parte inferior una inscripción con su nombre. 

También parece ser que puede tener un claro parecido el retrato de cuerpo entero que ocupa, junto al de su marido Felipe el Hermoso, las puertas del tríptico de Zierikzee, en la actualidad en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas, que quizás pueda ser el punto de partida de las versiones en busto. Sin embargo, las diferentes versiones del mismo retrato pudieran ser versiones de un original perdido.

Llama la atención los parecidos de las distintas representaciones de la época sobre distintas personas pero con una semejanza más que sospechosa. Esto podía obedecer a que sobre una misma pose se podían luego hacer aproximaciones a los distintos personajes a los que se quería retratar. Sobre este particular cabe mencionar el parecido que existe entre la reina Juana en su conocido cuadro con toca negra y vestido rojo y el de su cuñada Margarita de Austria. Igualmente, el curioso parecido entre el cuadro que representa a una joven Infanta Juana y a su hermana Catalina.

Infanta Juana
 Un rostro inventado

Una vez recluida en Toredesillas, doña Juana pronto desapareció de la memoria de sus súbditos, si exceptuamos el episodio de los comuneros, rápidamente apagado.

Infanta Catalina

Nadie clamó por su presencia, nadie la echó de menos en casi cincuenta años de reclusión. El palacio-cárcel que su padre habilitó para encerrarla cumplió a la perfección su cometido. Si nadie veía a la reina, si nadie podía acercarse a su persona, era fácil conseguir que el olvido se extendiera sobre su figura. Su hijo Carlos I ejercía de hecho y de derecho como rey, por lo tanto no se echaba de menos a doña Juana.



Por eso no existen retratos suyos después de su encierro en 1509. Todos los cuadros que se hicieron con posterioridad, sobre todo procedentes de la época del Romanticismo que encontraron un filón con la tan traída y llevada, y sobre todo supuesta, “locura de amor” de la reina por su esposo, son pura invención de los distintos autores.

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