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LA BATALLA DE CAJAMARCA, EL DÍA QUE 168 HOMBRES CONQUISTARON UN IMPERIO

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En la tarde del 16 de noviembre de 1532, en la Plaza de Armas de Cajamarca, se produjo uno de los enfrentamientos más desproporcionados de la historia de la humanidad . Un puñado de 168 españoles hambrientos y agotados , liderados por un Francisco Pizarro ya anciano , se enfrentó al ejército imperial del poderoso Atahualpa, el Sapa Inca que dominaba un imperio de 12 millones de almas . Las cifras son tan abrumadoras que parecen sacadas de una leyenda: 168 soldados españoles contra un séquito de entre 30.000 y 40.000 guerreros incas . El resultado, sin embargo, fue una victoria tan rápida y completa que los cronistas apenas podían creer lo que veían. En apenas media hora, los españoles capturaron al emperador , masacraron a entre 6.000 y 7.000 de sus acompañantes y, lo más increíble, no sufrieron una sola baja mortal . Esta no fue una batalla convencional. Fue una operación de guerra psicológica meticulosamente planificada, donde el factor sorpresa, el ruido ensordecedor de los arcabuce...

VILLEGAS CORDERO, EL PINTOR QUE IMPULSÓ LAS COLECCIONES DEL PRADO

Sus temas son muy variados: históricos, costumbristas, de género y orientalistas con una pincelada.

Como director del Museo del Prado hace modernizar las instalaciones y dedica salas monográficas a varios pintores y por temas.

Primeros años y Roma

José Villegas Cordero nace en Sevilla en 1844 y en esa misma ciudad se forma muy joven en el taller del pintor José María Romero, y posteriormente ingresa en la Escuela de Bellas Artes, teniendo allí a maestros como Eduardo Cano de la Peña.

En 1860, con sólo 16 años, consigue vender en la Exposición Sevillana su obra Pequeña filosofía.



Muerte del maestro
Cuando finaliza sus estudios de pintura viaja a Madrid donde consigue entrar en el estudio de Federico Madrazo, copiar asiduamente a Velásquez en el Prado (del que adquiere para su técnica la espontaneidad y el uso del color)  y trabar amistad con Eduardo Rosales y Mariano Fortuny, que será quien le hace interesarse por la pintura de género y el orientalista. Posteriormente realiza un viaje por Marruecos, donde volverá alguna vez más a pintar estampas y personajes pintorescos. Esta etapa definirá el rumbo de su primera producción artística.

Autorretrato


En 1868 viaja a Roma junto a Luis Jiménez Aranda y Rafael Peralta y consigue finalmente quedarse en el taller de Rosales. En la capital italiana va a permanecer finalmente durante treinta y tres años. Allí realizó su trabajo más fecundo y sus cuadros más famosos. Aunque sus primeras obras tienen un marcado carácter costumbrista, un tema en ese momento muy demandado por el público, primarán sus cuadros de realismo decorativista, de género y orientalistas.

Se convierte de este modo en el pintor mejor considerado y más cotizado de la ciudad. Su residencia en Roma fue un palacete que a la vez le sirvió de estudio y donde dio famosas veladas reuniendo en ellas a artistas y coleccionistas.

Pero en esta época Villegas Cordero también indaga en la pintura histórica (el Senado español le encargará alguna pintura) y paisajes inspirados en el Renacimiento italiano, obras estas que alcanzarán en el mercado norteamericano precios astronómicos.



En la década de los 80, una editorial holandesa le propuso ilustrar junto a Francisco Pradilla y otros afamados pintores de toda Europa una Magna Biblia. Villegas se hace cargo de pasajes relacionados -con las profecías de Isaías.

En el punto más álgido de su carrera, reconocido y famoso, Villegas Cordero fue nombrado en 1898 director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma hasta 1901 que es nombrado director del Museo del Prado y se traslada a Madrid.

Regreso a España

Al regresar a España se instala en Madrid, donde se convirtió en uno de los más reputados retratistas de la alta sociedad de la época. Son de esta época, entre otros, los retratos de Alfonso XIII (1902) y de la cantante Concha Márquez (1913).

Su labor en la pinacoteca madrileña irá encaminada hacia una renovación total en la presentación de las colecciones, a fin de que resultara más didáctica y atractiva para el público visitante. Por ello, contando con el precedente de la sala de Velázquez, inaugurada por su antecesor en 1900, dedicará salas monográficas a Murillo, Ribe­ra o Goya, los primitivos flamencos o la escuela francesa, y creará también conjuntos de corte temático, como las salas de retratos o la de las batallas.

Asimismo, rescatará la colección de escultura del Museo para mostrarla en diversas estancias, moderniza las instalaciones y organizará las dos primeras exposiciones monográficas en la historia del Prado, dedicadas en 1902 a El Greco y en 1905 a Zurbarán.


Morirá en Madrid el 9 de noviembre de 11921.

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