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LA EDAD DE ORO DE LAS CATEDRALES

El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (ONS) declaró el coronavirus (COVID-19) como pandemia mundial.

El nombre de catedralprocedente del latín cathedra (silla, trono) y fue el nombre que se le dio en tiempos de Carlomagno a las sedes episcopales de su imperio.

La “catedral” era el lugar donde el obispo tenía su sede y “silla” honorífica y ejercía solemnemente sus funciones de cara al público.

Catedral de Aquisgran
Catedrales románicas

Durante los primeros siglos del cristianismo y el medievo (siglos IV al XI) las catedrales no se diferenciaban demasiado de otros centros de culto, como las iglesias monacales o los templos dedicados a los mártires.

Es a partir de Carlomagno (742 d.C-814 d.C), que continuó la política de su padre (Pipino el Breve) de alianza y defensa del Papado, cuando la catedral va adquiriendo una configuración y unas dimensiones que la diferencian de los demás templos.



En el caso de Carlomagno, a las razones políticas se agregaba su auténtico convencimiento sobre las bondades de un Imperio cristiano en el cual el emperador y el papa colaboraban mutuamente.
Aunque Carlomagno supo sutilmente establecer la supremacía del emperador sobre el papa también llenó esta alianza de simbología al hacerse coronar y recibir la corona del Imperio de manos del Pontífice.

No obstante, la relación entre el papa y el emperador contribuyó a acrecentar grandemente el prestigio del Papado. Fue convirtiendo al papa, de su rol original de obispo de Roma casi en igualdad de condiciones con los obispos de otras diócesis importantes e incluso inferior al Patriarca de Constantinopla, en jefe de la cristiandad.


Para la nueva organización eclesiástica patrocinada por este emperador (de  acuerdo con los papas Adriano I y León III) se dispuso que la “cátedra” sería la silla honorífica” del obispo, símbolo de su autoridad y donde ejercería solemnemente sus funciones.

Catedral de Santiago de Compostela
Con la muerte de Carlomagno y la rápida desintegración de su imperio se produjeron importantes cambios, entre otros el decaimiento de las ciudades (ya iniciada siglos antes con las invasiones bárbaras que acabaron con la mortecina civilización roamana) y por otro lado la lucha por el poder de los sucesores de Carlomagno propició que este poder pasase de la monarquía (unificadora) a la nobleza que volvió a vivir aislada en sus fortalezas rurales. Sin ciudades no tenían sentido las incipientes “catedrales” carolingias.


En estas fortalezas nobiliarias la economía se sustentaba con el trabajo obligatorio de los vasallos del señor alojados en sus tierras. Clérigos y obispos, muchas veces parientes o amigos de estos señores feudales, también se trasladaron a oficiar a estos recintos al amparo de su protección, pero no sólo se centraron en las tareas pastorales de otros tiempos, sino más en las intrigas políticas y los negocios mundanos.

Pero por otro lado, también estaban los monasterios que eran centros de oración, trabajo y cultura independientes del poder feudal (o casi) habitados generalmente por monjes de la orden benedictina. Estos centros poseían extensas tierras cultivadas por novicios y legos. La profunda religiosidad de aquellos tiempos, unida al deseo de asegurar la salvación del alma, hizo que llovieran las donaciones sobre algunos monasterios. Pero con la acumulación de bienes la conducta de los monjes se relajó.
En el siglo X se produjo una reacción moral, originada en el monasterio francés de Cluny. La regla, las normas y las costumbres practicadas en este lugar influyeron en todo el monaquismo occidental y provocaron mejoras espirituales y materiales.

Gracias al trabajo y la buena organización de los cluniacenses, se guardaron, se leyeron y se escribieron libros en sus bibliotecas, se roturaron nuevas tierras, se perfeccionaron los cultivos, decrecieron las hambrunas, se mitigaron las epidemias y creció la población.

Catedral de Burgos
Otra de las principales aportaciones cluniacenses fue la construcción de iglesias en los monasterios, considerados “fortalezas de Dios”. Estos templos monásticos eran sólidos y desprovistos al principio de cualquier ornamentación (románico).

Con el discurrir de la época medieval renacía poco a poco la vida en las ciudades, y con ello, se reactivó la fiebre constructora de las catedrales en todo el Occidente cristiano. Estas, como era lógico, estaban orientadas al estilo románico y parece que los que dirigieron esas construcciones fueron monjes ilustrados y expertos en esta actividad.

La construcción de nuevos templos, tanto en las zonas rurales como urbanas, se veía favorecida por la destrucción accidental de los antiguos (incendios, saqueos, guerras...) porque su estructura era de piedra, pero se cubrían con madera, adobe y otros materiales frágiles.

Otro poderoso estímulo para construir nuevas iglesias fue la devoción, custodia y exhibición a las reliquias, muy extendida en todos los países cristianos de la Edad Media (catedral románica de Santiago, Burgos, León, Chartres, Saint-Chapelle de París...).

En estas catedrales no solo se aglutinaron a los fieles para celebrar los cultos sino que en ellas descansaban los peregrinos y se reunían los gremios constructores.

Catedrales góticas

Pero a principios del siglo XII, los cuantiosos donativos otorgados a la orden del Cluny por monarcas y nobles, provocaron un rápido y desmesurado enriquecimiento de sus monasterios y hace que estos también se relajen en las reglas morales y se produzca una nueva decadencia monacal.

Así, nuevamente se va a producir otra profunda reforma de ideas y costumbres en la vida monástica ahora por otro lugar francés llamado Cîteaux (orden del Cister). Los cistercienses también representaban una nueva concepción del arte religioso y querían perfeccionar el severo, macizo y oscuro estilo anterior.  

Catedral de León
Estos continuadores, también benedictinos, se manifestaban a favor de la abundancia de luz, a favor de grandes ventanales acristalados que dejaran pasar los rayos del sol a todas horas. Empezaba así la era del gótico (siglos XII al XVI), también llamada la edad de oro de las catedrales.

La orden de los templarios, cuyo objetivo fue la defensa de los peregrinos en Tierra Santa, fueron los mayores constructores de espectaculares catedrales y fortalezas en toda Europa gracias a su pronto enriquecimiento por su afortunadas finanzas y múltiples donaciones de la monarquía y la nobleza para sus campañas militares.

La extinción del Temple en el siglo XIV determinó la condena de sus líderes, pero no el derribo de sus castillos e iglesias que siguieron dando testimonio de la pujanza de un arte gótico al que tanto habían aportado y mejorado en muchos aspectos técnicos.

La mayor transformación de la arquitectura gótica se produjo con la aparición de los burgos (ciudades) y el auge de su nueva clase social (burguesía) desarrollándose lejos de los monasterios y las zonas rurales.

Estas catedrales de los burgos ya no dependía de ningún señor feudal, sino directamente del rey, que le concedía privilegios y franquicias y muchas veces la utilizaba para enfrentarse a la nobleza.

Los gremios de los “burgos” (corporaciones legalmente reconocidas de personas que se dedicaban a la misma tarea) tenían en la catedral sus capillas y altares donde se reunían con frecuencia para dirimir sus disputas y resolver sus problemas. Estos estaban integrados por operarios que trabajaban manualmente en la producción de objetos prácticos (curtidores, carpinteros, canteros, pintores...). Generalmente vivían en la misma calle y formaban parte de las mismas cofradías, o agrupaciones religiosas presididas por un santo.

Muchos obispos también habían abandonado sus refugios feudales y ya residían en las ciudades, convertidas oficialmente en sedes episcopales y en activas cabezas de diócesis. La cátedra, la silla honoraria del obispo, había vuelto a situarse en la ciudad, como en los tiempos carolingios.

Catedral de Chartres
Para que eso fuese posible se construía un gran templo en el centro de la urbe, la catedral, destinada en primer lugar como centro religioso al servicio del obispo y de los canónigos, pero también artístico e intelectual propiciando la reunión de sus habitantes (gremios y burgueses piadosos). La catedral, visible desde lejos, era el emblema de la ciudad y una ciudad sagrada dentro del propio burgo.

Los antiguos benedictinos, tanto los de Cluny como los del Cister, que oraban y trabajaban en sus monasterios, perdieron importancia a favor de las nuevas órdenes mendicantes, las de franciscanos y dominicos, que vivían pobremente en la urbe al servicio directo de la gente.

Posteriormente, la aparición de la Reforma protestante y otra serie de factores determinaron que las catedrales fueran moderando su tamaño y su magnificencia.

Los masones

Maestros de obra (arquitectos), canteros y albañiles fueron los artífices de las grandes catedrales góticas a lo largo y ancho de toda la Cristiandad. Estos maçons (nombre proveniente del francés) estaban organizados en gremios y sus ritos y símbolos darían origen a la moderna masonería.

Estos “masones” se habrían de inspirar en los modelos en piedra de la arquitectura del Imperio romano (arco de medio punto, bóveda de cañón, aristas, etc.), pero también surgió un nuevo tipo de arco, el ojival, que permitió cubrir de vidrieras casi por completo las paredes, que ahora ya no sostenían la cubierta, cuyo peso descansaba en pilares y gruesos contrafuertes.

La construcción de estos edificios de piedra suponía una empresa colectiva muy compleja y costosa, y un alto grado de especialización técnica y división del trabajo. 

Al frente se hallaba el arquitecto, denominado por lo general "maestro de obras". Era un oficio muy selecto, al que se llegaba al término de un ascenso en la jerarquía de los gremios, tras superar un duro examen en el que otros maestros juzgaban a los que pretendían alcanzar ese nivel. Ser maestro de obras requería poseer amplios conocimientos técnicos.

El arquitecto elaboraba el plan del edificio, que presentaba al promotor de la obra, fuera éste un noble, un rey o un eclesiástico. Pero la tarea del maestro de obras no se limitaba a hacer los planos, también contrataba a los operarios que intervendrían en los trabajos, con los que constituiría un taller que se mantendría mientras durase la obra.

Catedral de Sainte Chapelle
El maestro de obras debía ser experto en la organización del trabajo, pues a menudo tenía que dirigir equipos de trabajadores muy amplios. En la construcción de una catedral participaban unas trescientas personas de diversos oficios y se sabe de casos en que los obreros superaron el millar.

Asimismo, el maestro de obras debía tener conocimientos muy variados para dirigir y, en su caso, corregir, a carpinteros, escultores, vidrieros, pintores, incluso herreros e ingenieros. Y también debía saber de economía.

Los obreros empleados en cada obra eran de diversos tipos y tenían diferentes niveles de cualificación. Los porteadores eran a menudo jornaleros o trabajaban a destajo, y se les contrataba en el lugar. Los amasadores de mortero, en cambio, recibían una paga más elevada. En lo más alto del escalafón estaban los propiamente llamados “maçons, maestros y albañiles, encargados de dar forma a la piedra, desbastarla y poner cada sillar en su sitio.

Los maçons estaban asociados con instrumentos de precisión, como escuadras, cartabones, cuerdas anudadas y plomadas, que sólo ellos sabían usar y con los que tallaban sillares bien escuadrados para muros y bóvedas.

Además, los canteros podían ser auténticos escultores; tallaban figuras humanas y de animales, formas vegetales y geométricas para decorar portadas, ventanas, fachadas, capiteles y ménsulas. Su oficio se acabó de perfilar con la arquitectura gótica.

El masón era un trabajador libre o franco (de ahí el término francés francmaçon o, en inglés, freemason) que empezaba su carrera profesional como aprendiz, a los 13 o 14 años. Se le encomendaban los trabajos más sencillos, bajo la supervisión de expertos. Tras unos cinco años, y siempre que demostrara buenas maneras en su oficio, se convertía en oficial, título que otorgaba el maestro. En ese momento, a los 19 o 20 años, ya podía realizar trabajos especializados, bien como cantero o bien como escultor, si tenía la habilidad requerida. Su prestigio se reflejaba en el hábito de firmar sus sillares con signos específicos, las marcas de cantero, cuyo significado sigue debatiéndose entre los historiadores.

Era un masón quien colocaba la primera piedra del edificio a construir, la angular o de fundación, normalmente en la base de la cabecera de la catedral, y también era un masón quien culminaba la obra con la colocación de la última piedra, la angular o clave de bóveda. Era, así, el ejecutor del principio y del fin, el alfa y el omega de la catedral. En cierto modo, su trabajo en la tierra era equiparable al de Dios en el cielo,no en vano una catedral gótica se consideraba la representación de la obra de Dios en la tierra. 


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