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SOROLLA Y SU ADMIRACIÓN POR LA CIENCIA

Sorolla realizó también a lo largo de toda su carrera una serie de obras vinculadas con la investigación científica, y más concretamente, con la medicina.

Esta parte de su producción artística surgió de su estrecha relación con algunos de los científicos españoles más destacados de su tiempo.

El doctor Sinarro en el laboratorio
Interés científico

El interés de Sorolla por la ciencia en general y la medicina en partícula fue en principio personal. Una epidemia de cólera mató a sus padres quedado huérfano con tan sólo dos años, y más tarde una de sus hijas sufrió los efectos de la tuberculosis.

Pero con el tiempo, el pintor valenciano desarrolló un verdadero interés por el positivismo, un pensamiento filosófico que afirma que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación de las teorías a través del método científico.

Estas inquietudes llevaron a Sorolla a relacionarse con lo más granado del panorama intelectual español de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

De hecho, desde que se estableció en Madrid en 1889, Joaquín Sorolla tuvo una vinculación muy especial con la Institución Libre de Enseñanza, manteniendo una gran amistad con algunos de sus profesores y responsables.

Ramón y Cajal
Asi, Sorolla pintó a la mayor parte de las figuras representativas de la intelectualidad del momento en la vida española: Galdós, Echegaray, Baroja, Benavente, Ricardo León, Menéndez y Pelayo, Azorín, Pardo Bazán, Torres Quevedo... y, por supuesto, a médicos como Marañón, Cajal y Simarro.

El doctor Sinarro

Uno de estos científicos que retrató Sorolla fue precisamente su paisano Luis Simarro Lacabra, un neurólogo que en estos años destacó por su intensa actividad investigadora, además de por su orientación política liberal y su papel en la formación de una importante generación de científicos españoles, entre quienes estuvo, por ejemplo, Santiago Ramón y Cajal.

Sinarro y Sorolla terminaron convirtiéndose en grandes amigos. En un momento determinado el científico le encargó al artista que le realizara un retrato. Con esa intención Sorolla acudía asiduamente al domicilio del galeno a realizar bocetos para ello, pero no sólo le habría de retratar, sino que de allí (en su vivienda había establecido un laboratorio privado para continuar con sus investigaciones) habría de surgir la idea de un importante cuadro que se acabaría denominando “Una investigación” o también “El doctor Sinarro en el laboratorio” (1897).

Marañón
A este laboratorio acudían todos los días discípulos y colegas de Sinarro interesados en seguir sus avances. Como el propio Sorolla reconoció en varios de sus escritos, fue el contacto con este ambiente de actividad científica, de gran entusiasmo, lo que le inspiró a la hora de crear una pintura con Simarro y su laboratorio como protagonistas.

En la obra en cuestión se puede ver al propio neurólogo asomado al microscopio, mientras alumnos y colegas se arriman a él para ser partícipes de su explicación magistral.

Este lienzo fue seleccionado para ser exhibido en la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en Madrid en 1897, Londres 1908 y Roma 1911.

Pero aquella no fue  la única obra que Sorolla realizó con Simarro como protagonista. Ese mismo año pintó el retrato del doctor, una obra mucho más convencional, con el neurólogo mirando directamente al artista, mientras toma anotaciones y levanta la mirada del microscopio.

Triste herencia
Otros temas científicos

El más ilustre de los alumnos de Simarro fue el ya mencionado Ramón y Cajal, quien se haría con el premio Nobel de Medicina en 1906 y a quien ese mismo año Sorolla realizó un retrato ataviado con su capa y rodeado de libros.

Durante el resto de su carrera artística, Sorolla siguió pintando a otros muchos médicos españoles y extranjeros, sumando más de una docena de retratos.

Pero el interés por la ciencia de Sorolla fue mucho más allá. En sus lienzos plasmaría temas relacionados con la ciencia y la medicina como en el impactante “Triste herencia” (1899) donde representa los estragos de la poliomelitis y la sífilis congénita, con unos niños recibiendo baños en la playa.

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