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PINTURAS NEGRAS DE GOYA: EL GRITO DE LA ESPAÑA INVISIBLE

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En 1819, un Francisco de Goya de 72 años, aislado por la sordera y desencantado del mundo, compró una finca a orillas del Manzanares. La llamaban la  Quinta del Sordo , nombre heredado de su anterior dueño, pero que se convertiría en una descripción perfecta de su nuevo inquilino . Allí, lejos del bullicio de la corte y de una España sumida en el caos político, el pintor ejecutó su obra más enigmática y desgarradora: las  Pinturas Negras . No se trataba de lienzos para un mecenas o un museo. Fueron catorce murales pintados directamente sobre las paredes de su propia casa, con una paleta de negros, ocres y grises, como si la luz se negara a entrar en aquel lugar . La narrativa tradicional presenta a un Goya viejo, enfermo y atormentado, creando estas imágenes desde la locura personal. Sin embargo, las últimas revisiones históricas, como apunta el estudio de Valeriano Bozal citado por National Geographic, revelan algo más complejo . Las Pinturas Negras no son solo el diario visu...

JERICÓ: LA CIUDAD MAS ANTIGUA DE LA HISTORIA

Jericó puede ser la ciudad más antigua del mundo — por lo menos la más antigua que se ha hallado hasta ahora —, anterior aun a las antiguas civilizaciones de los ríos Tigris y Éufrates, situadas en el actual Iraq.

La ciencia ha fechado los edificios más antiguos como anteriores a 10.000 a.C. Jericó fue abandonada y reconstruida tal vez 20 veces. Lo más significativo, sus murallas y la elevada torre de piedra.

Una ciudad milenaria

La ciudad surgió demasiado pronto para la escritura, y por lo tanto para que quedaran registros escritos. Está situada en Cisjordnaia, cerca del río Jordán, en los territorios palestinos (la consideran su capital) y aproximadamente a 27 km de Jerusalén.

Desde los tiempos prehistóricos se distinguen tres asentamientos distintos cercanos a la localización actual, que abarcan más de 11.000 años.





Los hallazgos arqueológicos de esta ciudad cananea demuestran que se edificó desde hace más de diez mil años. Sus habitantes originarios fueron los cananeos. Jericó está mencionada en los textos bíblicos (la primera mención en las Escrituras se da en relación al campamento de los israelitas en Sitim).

Fue una importante ciudad del valle del Jordán conocida en una época como la ciudad de las palmeras.


En la tradición judeo-cristiana, la ciudad es conocida como el lugar donde los israelitas  retornaron de la esclavitud en Egipto, dirigidos por Josué, el sucesor de Moisés.

Los científicos sostienen que la alfarería, las consideraciones estratigráficas, los datos de escarabajos y carbono 14 apuntan a la destrucción de la ciudad cerca del final de la Edad de Bronce, alrededor de 1400 a. C.


Durante 400 años fue parte del Imperio otomano hasta 1917, luego estuvo bajo el Mando Británico de Palestina, pasando a control jordano entre 1948 y 1967 y luego fue conquistada por Israel durante la Guerra de los Seis Días. Desde 1994, después de los Acuerdos de Oslo, pasó a estar bajo la administración de la Autoridad Palestina (fue la primera).

10.000 años de historia

Este oasis en medio del desértico valle del Jordán ha representado para arqueólogos, historiadores y turistas una puerta única hacia el pasado de la humanidad.

Jericó no es sólo la población sedentaria y organizada más antigua que se conoce, también es el punto habitado más bajo de la tierra, –240 metros por debajo del nivel del mar, sólo superado por los -416 metros del Mar Muerto, situado a unos 7 kilómetros–, y según sus habitantes, “el lugar donde nacen las frutas más sabrosas” y, por si fuera poco, añaden, “el único punto de la tierra desde donde uno puede alargar el brazo hacia la luna y sentir que esta reposa en la palma de la mano”.

La ciudad acoge a más de un millón de turistas al año, en su mayoría peregrinos que siguen los pasos de Jesucristo. Su posición estratégica, junto a la frontera jordana y al río Jordán, y sus múltiples reliquias arquitectónicas, históricas y religiosas hacen de Jericó la tercera población más visitada de Tierra Santa, por detrás de Jerusalén y Belén. No en vano, allí se encuentran ruinas tan importantes como las de Tel El Sultan, que, según los historiadores y arqueólogos “dan fe del primer asentamiento humano organizado del mundo –9.000 a.C.– y del primer sistema de fortificación urbana –7.000 a.C.– que superan en antigüedad los 4.000 años a.C. de las pirámides de Egipto”.

 Ya en el tercer siglo antes de Cristo, el Jericó heleno y romano, desplazado dos kilómetros hacia los valles, contaba con un desarrollado sistema de irrigación agrícola, con canales y acueductos.

Poco tiempo después, el cristianismo nacía a orillas del Jordán, y los pasos de Cristo dejaban lugares tan visitados y reverenciados hoy como el Monte de las Tentaciones, donde Cristo ayunó y resistió las tentaciones del diablo durante 40 días. A pocos metros de allí, en el río Jordán, Juan Bautista bautizaba a los primeros cristianos.

Al periodo bizantino le sucedió el islámico, cuyos gobernantes, los mismos omeyas que conquistaron la península ibérica en el siglo VII, “construyeron monumentos de la espectacularidad arquitectónica del Palacio de Hisham, que contiene un mosaico de casi 900 metros cuadrados, uno de los más grandes de Oriente Medio”. Las múltiples excavaciones llevadas a cabo en la zona “muestran hasta 21 capas diferentes, cada una de ellas correspondiente a una civilización distinta”, revelan los arqueólogos.

El Jericó palestino se ha visto sacudido en el último siglo por las incontables guerras y revueltas derivadas del conflicto con Israel; ahora, todavía bajo ocupación israelí pero en una situación política más estable.

A la ciudad le siguen contemplando lugares históricos y religiosos de interés turístico, sin embargo, al llegar actualmente a Jericó uno se da cuenta de que el desarrollo urbanístico y social se detuvo en algún punto de la historia contemporánea: viejas casas de adobe –o de ladrillo a medio construir–, calles polvorientas sin apenas aceras, estructuradas sin demasiado sentido del urbanismo y agricultores y granjeros que vienen y van con sus burros o rebaños desde los extensos campos de cultivo de dátiles, plátanos, naranjas y limones. Pero sus lugareños son pacíficos, tranquilos y hospitalarios como corresponde al microclima tropical en el que habitan.


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