TRAICIÓN DE CEUTA: LA VENGANZA QUE ENTREGÓ ESPAÑA A LOS MUSULMANES
En el año 711 d.C., un ejército de unos 12.000 bereberes al mando del general Táriq ibn Ziyad cruzó el estrecho que hoy lleva su nombre (Gibraltar, de Yabal Táriq, "la montaña de Táriq") y se enfrentó al último rey visigodo de Hispania, Rodrigo, en la batalla de Guadalete. En cuestión de semanas, un reino que había dominado la Península Ibérica durante tres siglos se desmoronó, dando inicio a ocho siglos de presencia islámica. La narrativa tradicional habla de una conquista militar árabe imparable. Pero los análisis históricos más críticos señalan una verdad más turbia: el reino visigodo no fue solo derrotado; fue traicionado desde dentro, vendido por una conspiración de palacio en la que la enigmática ciudad de Ceuta jugó un papel decisivo.
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| El rey Rodrigo |
1. El Reino Enfermo: La Corona Débil de Rodrigo y la Guerra Civil Permanente
Para entender 711, hay que mirar a 710. El reino visigodo de Toledo era una estructura política profundamente fracturada. Su sistema electivo para la monarquía, en teoría, evitaba tiranías; en la práctica, generaba guerras civiles cíclicas cada vez que moría un rey. Las élites nobiliarias (los optimates) se dividían en facciones que apoyaban a distintos pretendientes, a menudo vinculados a dos grandes clanes: los partidarios de la sucesión legítima de Witiza (muerto en 710) y los seguidores del nuevo rey, Rodrigo, duque de la Bética, quien probablemente accedió al trono mediante un golpe o una elección disputada.
Rodrigo, un rey ilegítimo y débil: Las crónicas posteriores, como la Crónica Mozárabe de 754, sugieren que Rodrigo no era el heredero natural. Witiza había intentado asociar al trono a sus hijos, pero a su muerte, la facción rival impuso a Rodrigo. Esto significaba que, desde el primer día, gran parte de la aristocracia y la familia de Witiza no lo reconocieron como soberano legítimo. Su reinado comenzó con una rebelión abierta en el norte (quizás en la Tarraconense o Narbonesa), que obligó a Rodrigo a marchar a combatirla, dejando el sur desguarnecido. Su corona era, por tanto, doblemente vulnerable: contestada internamente y militarmente distraída.
2. La Llave de la Traición: El Misterioso Gobernador de Ceuta
En la orilla sur del estrecho, la ciudad fortaleza de Septem (la actual Ceuta) era la llave geopolítica. Punto crucial para el comercio y la defensa, era el último bastión bizantino o visigodo en el norte de África, rodeado por el emergente poder musulmán. Su gobernador era, según las crónicas árabes y las leyendas cristianas posteriores, un hombre llamado Don Julián (llamado Ulyan por los árabes, y a veces identificado con el bizantino Urbano).
La leyenda, amplificada por romances medievales, cuenta una historia de venganza personal escalofriante:
El rey Rodrigo, durante una estancia en la corte de Don Julián en Toledo (o durante una visita de este a la península), habría violado o ultrajado a la hija del gobernador, llamada Florinda o La Cava. Humillado y lleno de odio, Don Julián juró venganza. De vuelta en Ceuta, estableció contacto con Musa ibn Nusair, el gobernador árabe del Norte de África, y le ofreció un trato: le daría los barcos, el conocimiento de las costas hispanas y la inteligencia militar a cambio de ayuda para destruir a Rodrigo.
La Realidad Histórica Tras el Mito: Los historiadores actuales descartan el melodrama de la violación como un añadido literario posterior. Sin embargo, el núcleo de la traición política es plausible y está respaldado por varias fuentes. Don Julián (o el gobernador de Ceuta) era muy probablemente un noble witizano o al menos un opositor a Rodrigo. Ceuta, además, no era una isla aislada: era un nodo en una red de intereses comerciales y políticos que unían a la aristocracia visigoda del sur de Hispania con el norte de África. La "traición" no fue un acto de locura paternal, sino una maniobra política fría de una facción perdedora: los witizanos, derrotados en la lucha por el trono, habrían buscado un aliado exterior poderoso (los musulmanes) para derrocar a su enemigo interno, Rodrigo. Don Julián fue el ejecutor de esa alianza.
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| Don Julián |
3. La Conquista: Cuando la Puerta se Abre Desde Dentro
La conspiración se ejecutó con precisión letal:
El Pacto y la Inteligencia: Don Julián proporcionó a Musa y Táriq barcos para el cruce (quizás de su propia flota o requisados), pero lo más valioso fue la información estratégica: les habló de las divisiones internas del reino, de la debilidad del ejército de Rodrigo (enfrentado a una rebelión en el norte) y de los puntos de desembarco ideales.
La Invasión como "Intervención": Para las tropas bereberes de Táriq, esta no fue inicialmente una conquista religiosa a gran escala, sino una gran incursión de saqueo facilitada y alentada por una facción visigoda. Es posible que incluso se presentara como una intervención en apoyo de los hijos de Witiza.
La Trampa en Guadalete: Cuando Rodrigo, apresuradamente, bajó del norte para enfrentar la invasión, su ejército ya estaba minado. Las crónicas árabes relatan que en plena batalla, las alas del ejército visigodo, comandadas por partidarios de Witiza (los hermanos Sisberto y Oppas), se retiraron o cambiaron de bando, dejando el centro, donde estaba Rodrigo, rodeado y aniquilado. La traición no fue solo en Ceuta; se consumó en el mismo campo de batalla.
El Efecto Dominó: La muerte de Rodrigo y la desintegración del mando crearon un vacío de poder absoluto. Los musulmanes, viendo la oportunidad, dejaron de ser meros saqueadores para convertirse en conquistadores. Las ciudades, desmoralizadas y sin liderazgo unificado, empezaron a capitular, a menudo mediante pactos (treaties) con los nobles locales que preferían negociar con el nuevo poder antes que defender a un reino desaparecido.
4. Consecuencias: Una Conquista Hecha de Desunión
La conquista islámica de Hispania fue, por tanto, un proceso multicausal donde el factor militar se vio potenciado exponencialmente por el colapso político interno. La vulnerabilidad de la corona de Rodrigo no fue un accidente, sino el síntoma de una enfermedad terminal del estado visigodo: la incapacidad para crear una lealtad nacional por encima de los intereses familiares y de clan.
La figura de Don Julián simboliza esta podredumbre: un magnate fronterizo que, ante una disputa dinástica, puso sus intereses y sus redes de poder por encima de la supervivencia del reino. Abrió una puerta física (el estrecho) porque antes se habían abierto puertas políticas (la deslealtad, la ambición, la división). Los musulmanes no conquistaron un reino unido; se deslizaron por las grietas de un reino ya roto.
La caída del reino visigodo no es solo una historia de caballeros y batallas. Es una lección maestra de geopolítica y desintegración social: cómo las élites, enfrentadas en luchas intestinas por el poder, pueden llegar a aliarse con fuerzas externas destructivas con tal de derrotar a sus rivales domésticos, aunque eso signifique, como en este caso, perderlo absolutamente todo.
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