PINTURAS NEGRAS DE GOYA: EL GRITO DE LA ESPAÑA INVISIBLE
En 1819, un Francisco de Goya de 72 años, aislado por la sordera y desencantado del mundo, compró una finca a orillas del Manzanares. La llamaban la Quinta del Sordo, nombre heredado de su anterior dueño, pero que se convertiría en una descripción perfecta de su nuevo inquilino. Allí, lejos del bullicio de la corte y de una España sumida en el caos político, el pintor ejecutó su obra más enigmática y desgarradora: las Pinturas Negras. No se trataba de lienzos para un mecenas o un museo. Fueron catorce murales pintados directamente sobre las paredes de su propia casa, con una paleta de negros, ocres y grises, como si la luz se negara a entrar en aquel lugar.
La narrativa tradicional presenta a un Goya viejo, enfermo y atormentado, creando estas imágenes desde la locura personal. Sin embargo, las últimas revisiones históricas, como apunta el estudio de Valeriano Bozal citado por National Geographic, revelan algo más complejo. Las Pinturas Negras no son solo el diario visual de un hombre al borde del abismo, sino el testamento críptico de toda una nación, un reflejo deliberado del colapso moral y político español tras la Guerra de la Independencia y bajo el yugo represor de Fernando VII.
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| Saturno devorando a su hijo |
1. El Refugio que se Convirtió en Prisión: La Quinta del Sordo
Goya adquirió la casa como un lugar de retiro bucólico, un espacio para alejarse de las intrigas de Madrid. La propiedad, de dos plantas, tenía vistas a la pradera de San Isidro, un escenario que el pintor había retratado décadas antes con luminosidad y alegría. Sin embargo, el contexto histórico lo cambió todo. En 1820, tras el pronunciamiento de Riego, comenzó el Trienio Liberal, un breve y turbulento periodo constitucional que desató las esperanzas de los liberales y la furia de los absolutistas. Goya, un afrancesado discreto y testigo de las brutalidades de la guerra, veía cómo el país se fracturaba de nuevo.
La casa dejó de ser un refugio para convertirse en el lienzo de su desesperación. Curiosamente, pruebas radiográficas han revelado que bajo las Pinturas Negras existían escenas campestres alegres, probablemente pintadas por el propio Goya al mudarse. Esto sugiere un giro radical en su estado de ánimo. Según investigadores como Carlos Foradada, es posible que una grave enfermedad que sufrió a finales de 1819, combinada con la angustia política, lo llevara a "repintar" su propio mundo, cubriendo la Arcadia inicial con las pesadillas que vendrían después. La Quinta del Sordo se transformó así en una cápsula de aislamiento donde el artista dialogaba, o más bien, gritaba, con sus demonios en las paredes.
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| Un fraile y un viejo |
2. Descifrando la Pesadilla: Una Galería del Horror y la Sátira
Las Pinturas Negras no tienen título, al menos no uno dado por Goya. Los nombres que conocemos son asignaciones posteriores de historiadores del arte. Esta falta de guía intencional las convierte en un rompecabezas abierto. No son ilustraciones literales, sino alegorías de una España enferma, vistas a través de la lente distorsionada del genio.
Los Murales del Piso Bajo: La Condena de lo Colectivo
En el comedor, Goya dispuso escenas de crítica feroz a los pilares de la España tradicional. El Aquelarre muestra un macho cabrío (el Diablo) presidiendo un sabbath de brujas de rostros cadavéricos. Lejos de ser una simple escena de superstición, es una sátira feroz de la ignorancia y el fanatismo que, para Goya y otros liberales, encarnaban la Inquisición y el poder eclesiástico retrógrado. Frente a ella, La Romería de San Isidro presenta una procesión de feligreses convertidos en una masa grotesca y violenta que avanza en la oscuridad, una perversión total de la escena festiva y luminosa que el joven Goya pintó para los tapices reales.
En el muro más corto, dos obras condensan la tragedia. Saturno devorando a su hijo es la imagen más icónica de la serie. Goya pinta al titán no como un dios, sino como un monstruo enloquecido, con los ojos desorbitados y las manos ensangrentadas. Las interpretaciones son múltiples: una crítica al poder absoluto (Fernando VII devorando a su pueblo), una alegoría del tiempo destructor o el miedo personal a la vejez y la locura. Junto a él, Judith y Holofernes presenta el asesinato no como un acto heroico, sino como un crimen sórdido y brutal, eliminando cualquier atisbo de gloria.![]() |
| Dos mujeres y un hombre |
La planta alta albergaba un tormento más íntimo y existencial. Aquí se encuentra la obra más enigmática y moderna: El Perro. Solo vemos la cabeza del animal asomando sobre una pendiente de color tierra, mirando hacia un vacío infinito. Es una metáfora pura de la desesperanza, la insignificancia y el abandono, anticipando la abstracción emocional del siglo XX. Duelo a garrotazos representa a dos hombres hundidos hasta las rodillas en un páramo, condenados a golpearse hasta la muerte. Es la imagen perfecta de la guerra civil fratricida, una lucha sin vencedores ni sentido, que España parecía repetir cíclicamente.
Otras obras como Dos viejos, Hombres leyendo o Dos mujeres riéndose de un hombre retratan la vejez, la estupidez y la crueldad con un grotesco que raya en lo patético, mostrando la descomposición de la razón y la dignidad humana.
3. La Fisión Nuclear: Cuando lo Personal y lo Político se Vuelven Uno
¿Por qué este estallido de oscuridad precisamente durante el Trienio Liberal, un periodo teóricamente de esperanza? La paradoja es solo aparente. Para Goya, la libertad llegaba demasiado tarde y era demasiado frágil. Había sido testigo de demasiada barbarie —capturada ya en su serie Los Desastres de la Guerra— para creer en redenciones fáciles. Su desengaño no era solo político, sino antropológico: una pérdida de fe radical en la naturaleza humana.
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| Judith y Holofernes |
Su sordera, que lo aislaba física y socialmente, actuó como un amplificador de esta visión. En el silencio, los monstruos internos y los ecos de los horrores externos resonaban con más fuerza. Pintar directamente en la pared, sin la mediación del lienzo ni la expectativa de un público, fue un acto de catarsis privada y auto-terapia. No había censura posible, ni auto-censura. El resultado es una crudeza técnica y temática sin precedentes, donde la pincelada es suelta, violenta, y las figuras están desprovistas de toda belleza idealizada.
4. Del Olvido al Mito: La Creación de un Testamento Universal
Goya nunca pensó que estas pinturas saldrían de su casa. En 1823, con la caída del régimen liberal y la vuelta de la represión fernandina, el pintor, temiendo por su seguridad, cedió la Quinta a su nieto Mariano y partió al exilio en Burdeos. Los murales quedaron abandonados, conocidos solo por unos pocos, durante más de 50 años. En 1874, el nuevo propietario, el barón d'Erlanger, ordenó su arranque y traslado a lienzo para intentar venderlos. Fracasó y terminó donándolos al Museo del Prado en 1881, donde al principio pasaron casi desapercibidos.
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| Aquelarre |
Su redención fue lenta pero imparable. El siglo XX, con sus propias guerras mundiales, genocidios y crisis existenciales, encontró en las Pinturas Negras un espejo profético. Artistas expresionistas y surrealistas vieron en Goya a un precursor: alguien que había pintado no lo que veía, sino lo que sentía, distorsionando la realidad para expresar una verdad emocional más profunda. La serie dejó de ser la rareza de un viejo amargado para convertirse en un diagnóstico universal de la condición humana en tiempos de crisis.
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| Las parcas |
Hoy, expuestas en una sala del Prado, han perdido su contexto arquitectónico original (la disposición exacta en las dos habitaciones sigue siendo objeto de debate entre expertos), pero no su poder de conmoción. Son la prueba de que el arte más radical nace a menudo del aislamiento y la desesperación más profundos, y de que un tormento privado, si es suficientemente genuino y está trabajado con genio, puede trascender su tiempo y convertirse en el grito de toda una era.
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| Dos viejos comiendo sopa |
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Duelo a garrotazos
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