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BALLENEROS VASCOS: LA PIONERA Y ANÓNIMA CONQUISTA DE TERRANOVA

Imagina la escena: es el verano de 1534. El explorador francés Jacques Cartier, enviado por el rey Francisco I, cree haber descubierto una tierra virgen. Clava una cruz de diez metros en la costa de Canadá y bautiza la región como "Terra Nova", reclamándola para la corona francesa. Pero entonces, mientras dibuja sus mapas con meticuloso orgullo, algo extraño sucede. Los indígenas locales, los beothuk, le saludan con una fórmula que hiela la sangre del oficial galo: "Apezak hobeto!" —"¡Los curas mejor!"—, una expresión que los marineros vascos llevaban décadas utilizando como respuesta ritual .

Cartier anota en sus cartas, con una mezcla de incredulidad y derrota, lo que acaba de descubrir: "En aquellas aguas remotas encontré a más de mil vascos pescando bacalao" .

Esta no es una historia de exploradores célebres ni de conquistadores con armadura. Es la historia de los verdaderos pioneros del Atlántico Norte, hombres que calladamente, sin fanfarrias reales ni crónicas oficiales, establecieron la primera industria a gran escala en la historia de América del Norte. Un imperio de aceite, arpones y sidra que, en su apogeo, llegó a reunir a diez mil trabajadores vascos en las costas de Terranova y Labrador, décadas antes de que ingleses y franceses supieran siquiera cómo llegar .

Porque la mayor gesta de los balleneros vascos no fue llegar a Terranova. Fue borrar deliberadamente su propio rastro, convirtiendo su epopeya en un mito que aún hoy, cinco siglos después, apenas empezamos a comprender.




🗺️ Capítulo I: El Mapa Invisible — Cuando Terranova Era "Tierra de Vascos"

Los franceses no llegaron a una tierra virgen; llegaron a una colonia industrial vasca no declarada. Cuando Cartier desembarcó, los balleneros de Pasaia, Getaria y Bermeo llevaban probablemente décadas —quizás un siglo entero— faenando en aquellos caladeros. La versión más osada, aunque no documentada, sitúa la primera arribada vasca hacia 1375, mucho antes incluso que Cristóbal Colón .

Lo que sí es incontestable es la huella toponímica. Hoy, las costas de Terranova y Labrador conservan más de un centenar de nombres de origen vasco :

  • Port-aux-Basques no es "puerto de vascos" en francés; es la fosilización del original vasco.

  • Port-au-Choix es una deformación de portutxoa, "puertecito".

  • Ingonachoix viene de aingura txarra, "mal anclaje" .




Y luego está Placentia. La ciudad canadiense, fundada en 1540, tomó su nombre de Plentzia, la villa vizcaína de la que partieron sus fundadores. Quinientos años después, en 2016, el alcalde de Plasentia (Terranova) viajó a Plentzia (Bizkaia) para firmar un hermanamiento. Llevaba, como prueba de su linaje, un documento firmado por todos los habitantes de su pueblo proclamando con orgullo su ascendencia vasca .

Pero si hay un lugar que condensa esta epopeya, ese es Red Bay —la antigua Bahía de Buitres o Butus—. Allí, en 1978, un equipo de arqueólogos canadienses hizo un descubrimiento que debería haber reescrito los manuales de historia: las aguas heladas del Labrador habían conservado, durante cuatro siglos, los restos de la nao San Juan, un ballenero construido en Pasajes en 1563 y hundido en 1565 .

Hoy, Red Bay es Patrimonio Mundial de la UNESCO, el yacimiento de arqueología subacuática más importante de América del Norte. Es, también, el cementerio de un imperio silencioso .




⚙️ Capítulo II: La Primera Revolución Industrial Vasca — Ingeniería, Logística y Capitalismo Global

No fueron aventureros. Fueron industriales.

Cuando los balleneros vascos partían hacia Terranova, lo hacían en naos de última generación. Los astilleros del Cantábrico Oriental eran los mejores de Europa, capaces de construir buques de 28 metros de eslora y tres cubiertas, diseñados específicamente para aguantar los temporales del Atlántico Norte y transportar hasta mil barricas de aceite .

Pero el secreto de su éxito no era solo el barco. Era el ecosistema industrial completo que habían desarrollado en tierra firme.

La fábrica de sidra: Durante décadas, la historiografía tradicional había considerado los caseríos vascos como entidades autosuficientes de economía de subsistencia. El investigador Sergio Escribano ha dinamitado este mito. Sus excavaciones en el caserío Goicoechea (Llodio) revelaron un lagar de sidra colosal alrededor del cual se construyó el edificio. No era una producción doméstica; era una industria de escala masiva. Entre los siglos XVI y XVIII, Guipuzcoa albergaba entre 8.000 y 9.000 prensas de sidra, con una producción estimada de 15 millones de litros anuales .

Quilla nao San Juan


¿El destino de esa sidra? Terranova. Cada campaña ballenera embarcaba toneladas de sidra. No era una bebida recreativa: era el único antiescorbútico eficaz, la medicina que permitía a dos mil hombres sobrevivir ocho meses en el hielo sin agua potable ni verduras frescas .

La cadena de suministro: La madera de castaño para los barcos, el hierro para los arpones, la lana para las vestimentas, la pez de Quintanar de la Sierra para calafatear los cascos. Y en el centro de todo, Burgos, convertida en una bolsa internacional de seguros marítimos. Los mercaderes castellanos, que habían acumulado fortunas con la lana merina, financiaban y aseguraban las expediciones balleneras. Era capitalismo puro, con pólizas, primas y coberturas, funcionando en el siglo XVI con la misma lógica que en el XXI .

La técnica de caza: Los vascos no solo cazaban ballenas; las industrializaban. En Terranova, establecieron factorías completas con hornos para derretir la grasa (traineras), talleres para fabricar barriles y astilleros de reparación. La técnica de caza, perfeccionada durante siglos en el Cantábrico, era letal: desde atalayas costeras divisaban los cetáceos, lanzaban las trainerillas —embarcaciones ligeras de remo— y el arponero, la élite de la tripulación, asestaba el golpe mortal .

Nao San Juan


El origen olvidado de las regatas: Cada verano, miles de personas se agolpan en las costas vascas para contemplar las regatas de traineras. La mayoría ignora que no están viendo una competición deportiva. Están presenciando un ritual de caza fosilizado. Aquellas traineras que hoy compiten por un banderín eran, en el siglo XVI, las mismas embarcaciones que se disputaban la primacía en el arponeo. Llegar primero no daba un trofeo; daba derecho sobre la ballena .

🔥 Capítulo III: El Oro Líquido — El Monopolio Vasco del Aceite de Ballena

Si el petróleo define el siglo XX, el aceite de ballena definió el XVI.

El saín —grasa de ballena procesada— era un producto estratégico de primer orden. Con él se alumbraban las ciudades europeas, se fabricaba jabón, se curtían cueros y se lubricaban maquinarias. Era, en todos los sentidos, el oro líquido de la Edad Moderna .

Y los vascos ostentaban el monopolio absoluto de su producción y comercialización en toda Europa . No había alternativa. Si una ciudad quería iluminar sus calles, si una industria necesitaba lubricante, tenía que comprar a los armadores de Pasaia, Bermeo o Hondarribia.

Esta posición de dominio no era fruto de la casualidad. Era el resultado de una estrategia deliberada de secretismo industrial. Los balleneros vascos no cartografiaban sus rutas. No publicaban tratados de navegación. No dejaban diarios. El conocimiento de los vientos, las corrientes y los puertos de Terranova se transmitía oralmente, de padre a hijo, como un código sagrado que no debía salir de la comunidad .

Red Bay


Cuando Jacques Cartier "descubrió" Terranova, los vascos llevaban allí tanto tiempo que los indígenas ya hablaban euskera. Pero el secreto se mantuvo. Hasta que, cinco siglos después, Selma Huxley lo destapó todo.

📜 Capítulo IV: Selma Huxley — La Detective que Resucitó un Imperio Sumergido

¿Cómo se demuestra la existencia de un imperio que no quiso dejar huella?

Selma Huxley (1927-2020), historiadora canadiense de origen británico, pasó la década de 1970 buceando en los archivos españoles. No buscaba barcos; buscaba papeles. Pleitos, contratos de seguros, cartas de flete, testamentos. Cualquier documento que probara que aquellos miles de vascos que la tradición oral situaba en Terranova habían existido realmente .

Lo encontró en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Allí, entre miles de expedientes judiciales, localizó un pleito naval que narraba, con precisión forense, las últimas horas de la nao San Juan. Fecha: noviembre de 1565. Lugar: el puerto de Butus, Terranova. Causa del hundimiento: un temporal que rompió las amarras cuando el barco, repleto de barriles de aceite, esperaba para regresar a Pasajes .

Selma Husley


El documento no solo describía el naufragio; daba las coordenadas exactas del pecio.

En 1978, Huxley guió a los arqueólogos subacuáticos de Parcs Canadá hasta Red Bay. Allí, a pocos metros de la costa, bajo cuatro metros de agua helada, yacía la nao San Juan. Su estado de conservación era milagroso: el frío había preservado la madera, los aparejos y parte de la carga durante 413 años .

El hallazgo de Red Bay fue, para la arqueología marítima, lo que el descubrimiento de la tumba de Tutankamón para la egiptología. Demostró, más allá de cualquier duda, que la epopeya ballenera vasca no era un mito. Era historia tangible.

Hoy, la Factoría Marítima Albaola (Pasajes) reconstruye fielmente la nao San Juan con técnicas y materiales del siglo XVI. Doscientos robles de Sakana, cáñamo de Navarra y pez de Quintanar de la Sierra. La quilla ya está puesta. En unos años, el barco que se hundió en 1565 volverá a navegar hacia Terranova, completando un círculo de cinco siglos .

💀 Capítulo V: El Ocaso — Cómo se Hundió un Imperio (y su Memoria)

A partir de 1585, todo se derrumbó.

La guerra con Inglaterra desencadenó una requisición masiva de barcos balleneros para la Armada española. La flota que Felipe II necesitaba para invadir Inglaterra no existía; hubo que construirla sobre el esqueleto de la flota mercante y pesquera vasca. En 1588, la derrota de la Armada Invencible selló el destino de ambos imperios: el español y el ballenero vasco .

Tres años después, en 1598, la paz entre España y Francia dejó a los vascos sin cobertura diplomática. Ingleses, franceses y daneses se repartieron políticamente aquellas costas que los vascos habían explotado durante décadas. Francia instaló un gobernador en Terranova. El monopolio vasco se evaporó .




En 1713, el Tratado de Utrecht reconoció formalmente el derecho de los vascos a pescar en Terranova. Era una victoria pírrica. Cuando Felipe V firmó aquella cláusula, las ballenas ya no estaban. La caza industrial, implacable y masiva, había diezmado los cetáceos hasta casi la extinción. La última ballena cazada en España —ya en Galicia, no en Terranova— cayó abatida por el arponero Miguel López en 1985 .

Pero el verdadero crimen no fue la extinción de las ballenas. Fue el olvido sistemático de la gesta.

La historiografía española nunca supo qué hacer con aquellos marineros que no conquistaban ciudades ni fundaban virreinatos. Los balleneros vascos no dejaron crónicas épicas ni estatuas ecuestres. Solo dejaron huesos bajo el hielo y apellidos vascos en lápidas canadienses.

🌍 Capítulo VI: El Legado Vivo — Cuando la Ikurriña Ondeó en Ottawa

Pero el olvido nunca fue completo.

En 2013, la UNESCO declaró Red Bay Patrimonio de la Humanidad. El comité evaluador destacó que la estación ballenera vasca constituía "el ejemplo más antiguo, mejor conservado y más completo de una tradición de caza de ballenas que, desde el siglo XVI, se extendió por todo el mundo" .

En 2016, el alcalde de Placentia (Terranova) viajó a Plencia (Vizcaya) para sellar un hermanamiento. La alcaldesa de Red Bay, Wanita Stone, acostumbra a pintarse las uñas con la ikurriña y lleva tatuado en el orgullo municipal el escudo vasco .




En 2017, el lehendakari Iñigo Urkullu firmó en Ottawa un acuerdo de colaboración con Parcs Canadá para la preservación conjunta del legado ballenero. Durante la ceremonia, Stone entregó a Urkullu un documento con las firmas de todos los habitantes de Red Bay que, años atrás, habían solicitado a la UNESCO la declaración como Patrimonio Mundial. Era un pergamino manuscrito. En él, los nombres de los pescadores canadienses del siglo XXI se alineaban junto a la ikurriña, en un gesto de reconocimiento que atravesaba cinco siglos .

Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, dejó escrita una frase que los historiadores han rescatado del olvido: "Los vascos lo empezaron" .

Se refería, por supuesto, a la caza industrial de ballenas. Pero también, sin saberlo, se refería a algo más profundo: a la capacidad de un pueblo pequeño, sin estado ni ejército, de construir un imperio económico basado únicamente en el conocimiento, la audacia y el trabajo. Un imperio que no dejó huella en los mapas de los vencedores, pero que cinceló su nombre en la toponimia de medio continente.

Hoy, mientras la nao San Juan resurge lentamente en los astilleros de Albaola, comprendemos que su reconstrucción no es solo un ejercicio de arqueología naval. Es un acto de reparación histórica. Porque los balleneros vascos no merecen ser una nota a pie de página en la historia de otros. Merecen ser los protagonistas de la suya propia.

Y merecen, sobre todo, que sepamos su nombre.

No fueron exploradores. Fueron pioneros. No buscaban gloria; buscaban ballenas. Y en esa búsqueda, sin proponérselo, descubrieron América mucho antes de que América tuviera nombre.



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