CISMA DEL ISLAM: SUNÍES FRENTE A CHIÍES, LA GUERRA FRÍA DEL ISLAM QUE OCCIDENTE NO ENTIENDE
La rivalidad entre las dos principales ramas del islam, el sunismo y el chiismo, es mucho más que una diferencia religiosa. Es una fractura histórica, política y social que, durante siglos, ha modelado el destino de Oriente Medio y cuyo eco resuena en conflictos globales.
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El origen de la división se remonta directamente a la muerte del profeta Mahoma en el año 632 d.C.. El profeta había unificado a las tribus árabes bajo el islam, pero no designó explícitamente un sucesor (califa) para liderar a la comunidad musulmana (umma).
Ante este vacío, surgieron dos posturas:
Los futuros suníes defendían que el líder debía ser elegido por consenso entre los compañeros más virtuosos de Mahoma. Siguiendo este principio, eligieron a Abu Bakr, suegro y cercano compañero del profeta, como primer califa.
Los futuros chiíes creían que el liderazgo legítimo debía permanecer en la familia de Mahoma. Para ellos, el sucesor designado por derecho divino era Alí ibn Abi Tálib, primo, yerno (casado con Fátima, hija de Mahoma) y uno de los primeros conversos. El término "chií" proviene de Shiat Ali ("el partido de Alí").
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La tensión se convirtió en conflicto abierto cuando Alí fue finalmente elegido cuarto califa, tras el asesinato del tercero. Se enfrentó a Muawiya, gobernador de Siria y miembro del clan rival Omeya, en una guerra civil. El asesinato de Alí en el 661 y, sobre todo, la masacre de Huseín (hijo de Alí) y su familia en Kerbala (680) a manos del ejército omeya, consolidaron el cisma y forjaron en el chiismo un ethos de martirio y resistencia ante la injusticia.
Diferencias Fundamentales: Más Allá de la Sucesión
Con el tiempo, la divergencia inicial generó diferencias teológicas, jurídicas y prácticas. La siguiente tabla resume las principales:
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La distribución de ambas ramas es desigual y es clave para entender la geopolítica moderna.
Sunismo, al ser mayoritario, predomina en la mayor parte del mundo musulmán: Arabia Saudita, Egipto, Turquía, Pakistán, Indonesia y el norte de África, entre otros.
Chiismo es mayoritario en Irán (donde es religión de Estado), Irak, Baréin y Azerbaiyán. Forma también comunidades muy poderosas en Líbano (donde Hezbolá es un actor clave), Yemen (los hutíes) y Siria.
La rivalidad histórica se transformó, en el siglo XX, en una "guerra fría" geopolítica entre el Irán chií, revolucionario desde 1979, y la Arabia Saudita suní, monarquía conservadora y custodia de los lugares sagrados de La Meca y Medina. Esta pugna no es una guerra religiosa abierta, sino una lucha por la influencia regional que se libra mediante "guerras por delegación" (proxy wars), financiando y apoyando a facciones en conflictos como los de Siria (Irán apoya al gobierno alauita; Arabia Saudí apoyó a rebeldes suníes), Yemen (coalición saudí contra hutíes chiíes) e Irak.
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Terrorismo y Extremismo: Dos Rostros Distintos
Es crucial subrayar que la inmensa mayoría de musulmanes suníes y chiíes rechazan el terrorismo. Sin embargo, en los márgenes más radicales de ambas comunidades han surgido grupos que instrumentalizan la religión para la violencia.
Extremismo Suní (Salafismo-Yihadista): Grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS) se enmarcan en una ideología extremista suní conocida como salafismo-yihadista. Consideran a los chiíes como apóstatas (herejes), a los musulmanes no radicales como "impíos" y a Occidente como un enemigo a combatir. Su terrorismo tiende a ser de alta letalidad, descentralizado y busca un impacto mediático global para sembrar el caos.
Extremismo Chií (Vinculado al Estado): El extremismo chií está más asociado a actores estatales o paramilitares con fuerte apoyo estatal, principalmente la República Islámica de Irán y su brazo aliado, el libanés Hezbolá. Su violencia suele ser más dirigida y táctica (como asesinatos selectivos o secuestros), a menudo vinculada a objetivos geopolíticos específicos del Estado iraní, como la contención de rivales o la retaliación. Mientras el ISIS masacraba chiíes, milicias chiíes respaldadas por Irán combatían contra ellos.
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La división entre suníes y chiíes es, por tanto, una realidad compleja. Comenzó como una disputa sobre el liderazgo legítimo y se fue cargando, a lo largo de siglos de historia sangrienta, con profundas diferencias teológicas e identitarias. En el mundo contemporáneo, lejos de ser un anacronismo, esta fractura ha sido exacerbada y explotada por las élites políticas de potencias regionales como Irán y Arabia Saudita, que la utilizan como herramienta para expandir su influencia, a menudo a un coste humano atroz en terceros países.
Los principales perdedores de esta instrumentalización son las poblaciones civiles de Oriente Medio, atrapadas en conflictos sectarios, y la imagen misma del islam, cuyas divisiones internas son reducidas a una narrativa de odio perpetuo por sus peores elementos violentos. El "ganador" es esquivo; quizás solo lo sean quienes, desde el poder, logran utilizar el resentimiento sectario para perpetuarse, mientras la verdadera esencia de la fe musulmana —compartida por cientos de millones de suníes y chiíes comunes— queda oscurecida por el ruido de la política y la violencia.





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