GRAN TERREMOTO DE LISBOA: EL AÑO QUE LA TIERRA Y LA RAZÓN TEMBLARON EN EUROPA
El 1 de noviembre de 1755, mientras Lisboa amanecía bajo un cielo despejado y sus fieles llenaban las iglesias para celebrar el Día de Todos los Santos, la tierra comenzó a rugir. En menos de diez minutos, tres sacudidas sucesivas, la última de ellas de una violencia inusitada, redujeron a escombros la cuarta ciudad más grande de Europa . Pero lo que siguió fue aún más aterrador: las aguas del Tajo se retiraron dejando al descubierto el fondo del río para, instantes después, volver en forma de un muro de hasta veinte metros de altura que barrió los muelles atestados de supervivientes . Y cuando parecía que nada peor podía ocurrir, las velas de las iglesias derribadas incendiaron la ciudad en una hoguera que ardió durante cinco días .
El Gran Terremoto de Lisboa no fue solo el desastre natural más devastador de la historia europea moderna. Fue una onda sísmica que sacudió los cimientos mismos del pensamiento occidental. En sus 40.000 a 50.000 víctimas mortales —muchas de ellas aplastadas mientras rezaban—, Europa no solo perdió vidas y riquezas; perdió la inocencia filosófica.
Porque el terremoto de Lisboa no solo destruyó una ciudad; destruyó una forma de entender el mundo.
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⚡ Capítulo I: Los Diez Minutos que Devoraron un Imperio
A las 9:40 de la mañana del 1 de noviembre de 1755, un primer temblor, suave como el paso de carros pesados, comenzó a sentirse en Lisboa . Duró cerca de minuto y medio. Los fieles, reunidos en las cuarenta iglesias y doscientos conventos de la ciudad para la misa de Todos los Santos, apenas tuvieron tiempo de mirarse confundidos. Un minuto después, una segunda sacudida, violenta, derribó las primeras fachadas. Pero fue la tercera, tras otra breve pausa, la que desató el infierno. Durante dos minutos y medio, el suelo bailó con una furia que los testimonios describen como apocalíptica .
El epicentro se localizaba a unos 200 o 300 kilómetros al suroeste del cabo de San Vicente, en el Atlántico, en la falla de transformación Azores-Gibraltar, donde la placa africana y la euroasiática libran su eterno pulso . Los sismólogos actuales estiman la magnitud entre 8,5 y 9,0 grados , una energía equivalente a miles de bombas atómicas.
Las iglesias, abarrotadas, se desplomaron sobre los fieles. La catedral de Lisboa, la basílica de San Pablo, el convento do Carmo —cuyas ruinas aún hoy se alzan como monumento— cayeron como castillos de naipes. En la ciudad, una grieta de cinco metros de ancho se abrió en el suelo .
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Los supervivientes huyeron hacia el único lugar que parecía seguro: la ribera del Tajo, amplia y despejada. Allí, cerca de mil personas se congregaron, observando con horror cómo las aguas se retiraban, dejando al descubierto los restos de naufragios y mercancías hundidas . Era la calma que precede a la tormenta. Cuarenta minutos después del seísmo, tres olas gigantes, de entre seis y veinte metros de altura, barrieron el puerto y el centro de la ciudad, tragándose a quienes habían sobrevivido a los escombros .
La muerte no vino solo del mar. Las velas encendidas en los altares derrumbados prendieron fuego a las ruinas. Durante cinco días, Lisboa ardió. El Real Hospital de Todos os Santos, el mayor de la ciudad, con seiscientos pacientes, fue pasto de las llamas . La ópera nueva, inaugurada apenas siete meses antes, se convirtió en cenizas .
De una población de aproximadamente 200.000 a 275.000 habitantes, murieron entre 40.000 y 50.000 personas . El 85% de los edificios de Lisboa fueron destruidos . Y con ellos, se perdió para siempre un tesoro cultural incalculable: la Biblioteca Real, con 70.000 volúmenes, las pinturas de Tiziano, Rubens y Correggio, y los archivos detallados de las exploraciones de Vasco da Gama y los navegantes portugueses, que documentaban la epopeya de los descubrimientos .
Portugal, la potencia que había dominado los océanos, vio cómo su capital era borrada del mapa en menos de diez minutos.
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Lo ocurrido no podía ser solo un fenómeno natural. Para la Europa del siglo XVIII, tan profundamente religiosa como racionalista, la catástrofe exigía una explicación moral.
Fue en este caldo de cultivo donde el pensamiento ilustrado encontró su trinchera. El terremoto de Lisboa se convirtió en el campo de batalla donde la teodicea —la defensa de la bondad de Dios ante la existencia del mal— libró su última gran guerra.
🧪 Capítulo IV: El Nacimiento de la Ciencia — Pombal y la Primera Encuesta Sismológica
Mientras los filósofos debatían, un hombre tomaba las riendas de la catástrofe con una mentalidad radicalmente moderna: Sebastião José de Carvalho e Melo, futuro marqués de Pombal.
Pombal, ministro de Asuntos Exteriores y hombre de confianza del rey José I, sobrevivió milagrosamente al terremoto. Su respuesta fue inmediata y, para la época, revolucionaria. Cuenta la leyenda que, cuando alguien preguntó angustiado qué hacer, Pombal respondió con una frialdad que pasaría a la historia: "Enterrar a los muertos y cuidar a los vivos" .
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Pero su verdadera genialidad se manifestó en los días siguientes. Mientras los jesuitas predicaban el arrepentimiento, Pombal envió a todos los distritos del país un cuestionario detallado con preguntas muy precisas:
¿Cuánto tiempo duró el terremoto?
¿Cuántas réplicas se sintieron después?
¿Qué tipo de daños causó?
¿Se comportaron los animales de forma extraña antes del seísmo?
¿Qué ocurrió en los pozos y fuentes?
Era la primera vez en la historia que un gobierno recopilaba datos empíricos de forma sistemática para analizar un fenómeno natural. Este cuestionario, conocido hoy como el "Inquérito do Marquês de Pombal", se conserva en el Arquivo Nacional da Torre do Tombo, en Lisboa, y es considerado por los sismólogos como el primer estudio científico de un terremoto de la historia .
Gracias a estos datos, los científicos modernos han podido reconstruir con notable precisión la magnitud y el epicentro del seísmo. Pombal, sin saberlo, había sentado las bases de la sismología moderna. No fue un geólogo ni un físico; fue un burócrata ilustrado que entendió que, antes de interpretar, había que medir.
La Reconstrucción: Nace la Ingeniería Antisísmica
Pombal no solo recopiló datos; reconstruyó Lisboa con una visión urbanística y arquitectónica que anticipaba el racionalismo del siglo XIX. En lugar de permitir que la ciudad creciera de nuevo de forma caótica, diseñó un plano ortogonal, con calles rectas y anchas, plazas regulares y edificios de altura uniforme .
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| Marqués de Pombal |
Pero lo más innovador fue la técnica constructiva. Para evitar que los futuros terremotos derribaran la ciudad, Pombal ordenó la construcción de los llamados "gaiola pombalina" (jaulas pombalinas): estructuras de madera flexibles, ensambladas simétricamente, que actuaban como un armazón antisísmico. Los edificios se levantaban sobre estos esqueletos de madera, capaces de absorber las vibraciones sin colapsar. Además, se dispusieron muros cortafuegos que sobrepasaban la altura de los tejados para impedir la propagación de incendios . Se dice que Pombal hizo desfilar tropas alrededor de los nuevos edificios para simular vibraciones y probar su resistencia .
La Baixa Pombalina, el centro reconstruido de Lisboa, es hoy uno de los primeros ejemplos de arquitectura antisísmica de la historia, y aún sigue en pie, desafiando al tiempo y a la tierra.
🌍 Capítulo VI: El Legado — Cuando la Tierra se Movió Bajo los Pies de la Razón
El gran terremoto de Lisboa marcó un antes y un después en la historia europea por tres razones fundamentales.
1. El Nacimiento de la Ciencia Moderna de la Tierra
Por primera vez, un fenómeno natural de escala catastrófica fue abordado con métodos científicos sistemáticos. El cuestionario de Pombal, los estudios de Kant, los análisis de John Michell (que en 1760 propuso que los terremotos eran ondas que se propagaban por el interior de la Tierra) sentaron las bases de la geología y la sismología. El terremoto dejó de ser un misterio teológico para convertirse en un problema geológico.
2. La Crisis de la Teodicea y el Nuevo Lugar del Hombre
La imposibilidad de justificar el sufrimiento masivo de inocentes en términos religiosos minó la credibilidad de las explicaciones providencialistas. Voltaire no era ateo, pero su crítica abrió la puerta a un mundo donde el mal no tenía una justificación divina, sino que era un hecho bruto que los humanos debían enfrentar con sus propias fuerzas. El optimismo leibniziano quedó herido de muerte. El hombre moderno, desprovisto de consuelo metafísico, se quedó solo ante la catástrofe.
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| Baixa pombalina |
3. La Transformación Política: El Estado Frente a la Catástrofe
La respuesta de Pombal en Portugal demostró que el Estado podía ser más eficaz que la Iglesia para gestionar una crisis. La rápida reconstrucción, la planificación urbana, la creación de un cuerpo de bomberos, el control de precios y la movilización del ejército para mantener el orden fueron hitos de una nueva forma de gobernar: la del despotismo ilustrado aplicado a la gestión de emergencias. La catástrofe, lejos de debilitar al Estado, lo fortaleció, al mostrar su utilidad práctica frente a la impotencia de las explicaciones sobrenaturales.
🧭 El Terremoto que No Cesó
El 1 de noviembre de 1755, la tierra tembló bajo Lisboa. Pero las ondas de aquel temblor no se detuvieron en las costas atlánticas. Atravesaron fronteras, derribaron certezas y sacudieron los cimientos de la fe y la razón.
Fue el primer desastre global de la era moderna, el primero que pudo ser seguido en tiempo real (el de entonces) por toda Europa gracias a la prensa y la correspondencia. Fue el primero que generó un debate público entre filósofos, teólogos y científicos. Fue el primero que obligó a los gobiernos a pensar en cómo prevenir y gestionar las catástrofes.
El terremoto de Lisboa no solo destruyó una ciudad; destruyó una forma de entender el mundo. Y en sus escombros, entre el polvo y las cenizas, nació una nueva Europa: más escéptica, más científica, más consciente de que, frente a la furia de la naturaleza, el hombre está solo, y solo puede contar con su propia razón y su propia voluntad para levantarse.






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