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23-F: LOS SILENCIOS DE WASHINGTON ANTE EL GOLPE DE TEJERO

 El 23 de febrero de 1981, mientras los diputados españoles se escondían bajo sus escaños y el teniente coronel Antonio Tejero gritaba "¡todo el mundo al suelo!", la embajada de Estados Unidos en Madrid, a solo unos metros del Congreso, emitía un informe lacónico a Washington: "Estamos siguiendo la situación. El Rey, según nuestras fuentes, no se ha unido a los golpistas". Horas antes, el secretario de Estado estadounidense, Alexander Haig, había calificado el levantamiento como "un asunto interno español", una frase que heló la sangre del gobierno español y calentó, para siempre, las sospechas sobre el papel de la CIA.

Esa madrugada, mientras los tanques de Milans del Bosch recorrían Valencia y los guardias civiles aún ocupaban el hemiciclo, el presidente Ronald Reagan no encontraba un momento para llamar al Rey e interesarse por su seguridad. En un juego geopolítico que duró décadas, la interpretación del silencio estadounidense reescribiría los anales de la Guerra Fría.

Tejero en el Congreso


📄 Capítulo I: El Papel de la CIA y la Frase que Encendió la Sospecha

El 23-F no se gestó en una caverna aislada; se concibió en un entorno donde las grandes potencias mantenían a España bajo su influencia. Para la Administración Reagan, el futuro de España no era una cuestión baladí: era la pieza clave del flanco sur de la OTAN y la garante de las bases militares que la inteligencia estadounidense tanto apreciaba.

El episodio que lo cambió todo fueron las desafortunadas palabras del secretario de Estado, Alexander Haig. Desde el primer minuto, la primera ministra británica Margaret Thatcher calificó el golpe de "acto terrorista", pidiendo a los sublevados que volvieran al redil. Pero Haig, visiblemente incómodo, declaró a la prensa que el golpe era, simplemente, "un asunto interno español". Sus palabras escandalizaron y ofendieron a propios y extraños. Las comparaciones con Thatcher eran odiosas y el embajador estadounidense en Madrid, Terence Todman, tuvo que dedicar sus siguientes horas a contener el desastre diplomático.



En los años posteriores, la frase de Haig se convirtió en la piedra angular de todas las teorías conspirativas sobre el 23F. La sospecha se disparó especialmente al saberse que la CIA mantenía estrechos contactos con los ambientes militares, contactos que arrancaban desde la firma de los Pactos de Madrid en 1953.

Intervención televisiva de Juan Carlos I
👁️ Capítulo II: La "Operación Míster" y la Vigilancia al Rey

Las relaciones entre la CIA y la Zarzuela también escondían un alto grado de secretismo. Meses antes del 23-F, se produjo un episodio muy extraño: la denuncia de un espionaje al Rey Juan Carlos I desde un telescopio situado en una vivienda particular, supuestamente vinculado a la agencia estadounidense. El encargado de la Operación Míster fue el CESID, los servicios secretos españoles. Desenmascararon al supuesto agente de la CIA Vincent Shield, número dos de la agencia en España.

Sin embargo, el historiador documentalista de los servicios secretos españoles, Manuel de la Iglesia-Caruncho, ha tratado de explicar con detalle la causa de aquel malentendido y si fue deliberado. Algunas fuentes más recientes apuntan a que la CIA no necesitaba espiar al Rey: era más efectivo preguntarle directamente. Y así lo hicieron. Se tienen constancia de varias reuniones, a lo largo de 1980, entre el monarca y el embajador estadounidense, donde Don Juan Carlos habría trasladado su inquietud por la creciente inestabilidad.

El Rey compartía sus temores con Washington, esperaba cobertura y, en aquella entrevista que ha quedado para la historia, el gobierno de Estados Unidos aseguró a Juan Carlos I que la democracia necesitaba estabilidad a largo plazo, una máxima que él mismo llevó a la práctica la noche del 23-F.

Tanques por las calles de Valencia


💣 Capítulo III: "Dejar al Borbón Libre": El Informe que Nunca Se Entregó

El bloque documental desclasificado por el gobierno español es una auténtica caja de Pandora. El archivo incluye transcripciones de llamadas telefónicas, memorandos de los servicios secretos y comunicaciones militares que, en su conjunto, muestran que los golpistas consideraban al Rey un "objetivo a batir y anular".

Lo más revelador aparece en un documento manuscrito de 23 folios, escrito desde la clandestinidad tras el fracaso del golpe. El autor anónimo, que parece un militar de alto rango, realiza un "juicio crítico" de la operación. Su primera conclusión es lapidaria: "el primer fallo del fracaso del golpe de Estado fue dejar al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero". La frase, incrustada en la sentencia condenatoria, reescribe la actitud de Washington sobre el papel de la Corona.

El documento circuló de forma restringida en las altas esferas y es posible que algunos de aquellos contactos estadounidenses, que la inteligencia española vigilaba de cerca, lo recibieran con beneplácito. El autor del informe también concluye que el Rey es un "objetivo a batir", pues ha decidido formar un gobierno con los socialistas y no puede ser considerado "ni como un símbolo a respetar". El texto es demoledor y sitúa a la Corona como el centro de la diana militar.

Diputados en el asalto al Congreso


🤫 Capítulo IV: El Silencio del Embajador: ¿Conocimiento Previo, Oportunidad o Mera Precaución?

El documento recoge más de 150 testimonios y declaraciones de la época. Tras ser analizados por el CESID y el CNI, no aparece, al menos de forma explícita, una prueba fehaciente de que la CIA conociera la fecha exacta del golpe. Tampoco la hubo de que alentara la sublevación de Tejero.

Sin embargo, sí hay evidencias de que los Estados Unidos jugaban a doble baraja. Hubo una rotunda falta de transparencia con los aliados europeos, una actitud de espera y una desconfianza palpable sobre lo que se cocía en las entrañas del régimen.

El embajador Todman fue el principal receptor de las primeras informaciones. En sus comunicaciones con Washington, trasladó la indecisión y la sorpresa, pero hay quien afirma que la CIA, por boca del propio Franco, ya tenía constancia de que el sucesor sería Juan Carlos I, y que consideraban que Carrero Blanco "no era demasiado inteligente" y que nunca fue un obstáculo real a sus intereses. Si eso era así, la "precaución" de no entrometerse y no precipitarse a condenar a los golpistas, en aquella "cuestión interna", fue una decisión maquiavélica adoptada en las altas esferas de Langley.

Inmediaciones del Congreso en el 23F


🧠 Capítulo V: "Operación Langley" y la Transición Controlada

Aunque la operación encubierta de la CIA en España se remonta a los tiempos de Franco y a la firma de los Pactos de Madrid (1953), fue durante los años 70 y 80 cuando la Agencia perfeccionó el arte de la "transición vigilada". El objetivo principal era claro: garantizar que el proceso abierto tras la muerte del dictador desembocara en una monarquía parlamentaria afín a Estados Unidos.

Para Washington, el principal escollo fue el almirante Luis Carrero Blanco, que fue asesinado en 1973. Pero, más allá del magnicidio, la estrategia de la CIA se centró en tejer una red de contactos e influencias en el ejército y los servicios secretos españoles. Esa base de confianza mutua facilitó, en 1981, que la Casa Blanca confiara en que el Rey pudiera resolver el pulso.

A cambio de la estabilidad, España tuvo que aceptar la dependencia de las bases militares y la tutela tecnológica (algo que analizamos en anteriores entregas sobre los cazas o la energía nuclear). El 23-F fue la prueba del nueve de aquel pacto de sumisión.

Manifestaciones en España tras el 23F


🧾 Conclusión: Legado de un Expediente Inconcluso

Las declaraciones del exagente del CESID, José Luis Cortina, resumen el sentir de aquellos que vivieron la épica y la incertidumbre del 23F. Según él, lo más parecido a un "conocimiento previo" era la sospecha de que los coroneles tramaban una "acción violenta para antes de las elecciones de 1982". Pero en aquel invierno de 1981, ni los servicios españoles ni la CIA supieron la fecha concreta. El mérito de desactivar la operación, según 
Cortina, fue únicamente del rey Juan Carlos I, y su rápida respuesta televisiva, que logró poner a los militares de su lado.

La documentación desclasificada en 2026 no zanja el debate, pero lo reaviva. Aporta pruebas de los tejemanejes golpistas y de la profunda vulnerabilidad de la democracia. Pero también es, sobre todo, el espejo de los silencios y las zonas grises que durante años poblaron el relato oficial. No hay evidencias contundentes de que la CIA estuviera detrás del 23F, pero sí las hay de que, durante muchos años, la inteligencia estadounidense y los poderes fácticos de España trenzaron una relación basada en el miedo al comunismo y la defensa de los intereses geoestratégicos de Occidente.

La Transición no fue, por tanto, un prodigio de ingeniería exclusivamente español, sino también el resultado de la supervisión permisiva de una superpotencia que, por interés, consintió en no mover ficha. La sombra de Langley, que siempre planeó sobre la política exterior española, sigue siendo hoy una pieza irreductible de la historia contemporánea.

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