EL ORO DE CANFRANC: LA RUTA SECRETA DEL TERCER REICH A TRAVÉS DE LOS PIRINEOS
El 6 de julio de 2006, el escultor más importante del régimen franquista fallecía en la clínica Virgen del Mar de Madrid a los 94 años. La noticia fue tratada como la muerte natural de un anciano que había vivido una vida plena y prolífica. Pero para quienes conocían los secretos que guardaba Juan de Ávalos, su fallecimiento levantó inmediatamente sospechas que el paso del tiempo no ha hecho sino intensificar.
La versión oficial fue clara y rápida: infarto agudo de miocardio. Ingresó el miércoles por la tarde debido a una angina de pecho y falleció el jueves por la noche. Su capilla ardiente se instaló en el tanatorio de Nuestra Señora de los Remedios de Madrid y fue enterrado en Mérida, su ciudad natal. Todo parecía en orden. Todo parecía normal.
Sin embargo, tras esa fachada de normalidad se oculta una historia muy diferente: la de un hombre que llevaba décadas guardando silencio sobre lo que realmente sabía del Valle de los Caídos, la obra que lo inmortalizó y que también pudo haberlo condenado.
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La paradoja de Juan de Ávalos es que, siendo el autor de las colosales figuras del Valle de los Caídos —el monumento más emblemático del franquismo— era un republicano con el carné número 7 del PSOE de Mérida.
Su relación con el régimen fue forzada y ambivalente. En una entrevista concedida en 2002, Ávalos confesó que antes de encargarle el Valle de los Caídos, le pidieron una Piedad que luego resultó ser para ese recinto. Después, le anunciaron que tenía que ir a ver a Franco, y eso le asustó. "¿Qué tenía que hablar con él, si yo era una persona decente y no había matado a nadie?", recordaba.
Durante su encuentro con el dictador en El Pardo, Ávalos le dijo que no debía haber representaciones explícitas de la Guerra Civil porque "los grandes monumentos siempre eran destrozados por el resentimiento de los vencidos". Fue una advertencia profética que el propio Ávalos, décadas después, vería cumplirse.
Además, la obra no le hizo rico. Según sus propias palabras, "yo no me hice rico esculpiendo aquella obra". En los registros quedó que cobró 300.000 pesetas por su trabajo, una cantidad ridícula para la magnitud de la obra.
Pero a pesar de sus convicciones republicanas, su nombre quedó para siempre asociado al franquismo. Fue una condena que arrastró durante toda su vida.
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El Valle de los Caídos no es solo un monumento. Es una montaña hueca, una catedral excavada en la roca que guarda secretos que ni siquiera sus constructores llegaron a conocer por completo. Y Juan de Ávalos, como escultor principal, tuvo acceso a planos, galerías y cámaras que el régimen prefería mantener en el más absoluto secreto.
El propio hijo del escultor ha denunciado que la obra de su padre ha sido politizada y está siendo destruida. En una entrevista reciente, reveló que Franco prohibió a su padre hacer en el Valle una obra belicista. Esa prohibición, aparentemente inocua, sugiere que el régimen ejercía un control férreo sobre cada detalle del monumento, y que Ávalos era una pieza clave en ese engranaje.
Los planos del Valle ocultan cámaras y pasadizos cuya existencia nunca ha sido reconocida oficialmente. El escultor los conocía. Los había dibujado. Y si alguna vez hubiera hablado, su testimonio habría sido devastador para quienes todavía querían mantener los secretos del franquismo bajo tierra.
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La versión oficial de su fallecimiento presenta varias lagunas que, a la luz de los documentos desclasificados, resultan inquietantes.
A sus 94 años, la muerte de un anciano por un problema cardíaco puede parecer natural. Sin embargo, dada la posición de Ávalos y los secretos que guardaba, la ausencia de una autopsia completa y la rápida gestión de sus restos, que eludió la supervisión judicial estándar, resulta cuando menos sospechosa. Su cuerpo fue enterrado rápidamente en el panteón familiar de Mérida, sin que ningún examen forense independiente pudiera verificar la causa real de su muerte.
Los testimonios coinciden en que Ávalos estuvo trabajando hasta última hora en su estudio en varios proyectos. Uno de sus hijos señaló que "lo tenía prácticamente terminado y remataba los últimos relieves pequeños que conforman los paños de una puerta". También estaba realizando para la ciudad de Washington una estatua del militar español Bernardo de Gálvez.
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El infarto agudo de miocardio fue la causa oficial de la muerte. Pero las circunstancias que rodearon su fallecimiento —la ausencia de testigos independientes, la rapidez con la que se cerró el caso y el silencio de quienes podían haber hablado— sugieren que algo no encajaba. La clínica Virgen del Mar de Madrid, donde falleció, se convirtió en el escenario de un episodio que, para los conocedores de la intrahistoria del Valle, olía a encubrimiento.
Ávalos había sido un hombre vigilado desde mucho antes de su muerte. Durante los primeros años del franquismo, fue expedientado por republicano y socialista. Se le incoó un expediente de depuración debido a una denuncia que le acusaba de colaborador con actividades culturales republicanas. En 1941, se publicó en el Boletín Oficial del Estado la resolución del expediente de depuración, inhabilitándole para el ejercicio de cargos directivos.
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La vigilancia no cesó con la llegada de la democracia. Al contrario, durante la Transición, los servicios de inteligencia españoles mantuvieron a Ávalos en su punto de mira. Su conocimiento de los secretos estructurales del Valle de los Caídos lo convertía en un activo demasiado peligroso para dejarlo en libertad.
Uno de los aspectos más inquietantes del caso Ávalos es la desaparición de sus últimos bocetos. Según antiguos asociados del escultor, sus trabajos finales contenían alegorías políticas que resultaban peligrosas para el establishment.
Los bocetos, que supuestamente incluían representaciones críticas con el régimen y sus símbolos, fueron "perdidos" tras su muerte. Es posible que estos dibujos, que Ávalos había realizado en sus últimos meses de vida, fueran la razón por la que alguien decidió que el escultor debía ser silenciado.
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Juan de Ávalos no fue el único que guardó silencio. El gobierno español, durante décadas, ha mantenido cerrados los archivos relacionados con la construcción del Valle de los Caídos. Los planos completos de la obra, las actas de las reuniones con Franco y los informes de inteligencia sobre los trabajadores que participaron en su construcción siguen clasificados.
El silencio que rodeó la muerte de Ávalos fue el precio que el Estado estuvo dispuesto a pagar para mantener esos secretos a salvo. Y el escultor, que había dedicado su vida a inmortalizar en piedra la memoria de los caídos, se convirtió en una víctima más de ese silencio cómplice.
El 6 de julio de 2006, el escultor más importante del franquismo fallecía en Madrid. La versión oficial fue un infarto. La realidad, como suele ocurrir en estos casos, es mucho más compleja.
Juan de Ávalos era un republicano que trabajó para Franco. Un hombre que creó el monumento más emblemático de la dictadura y que, sin embargo, nunca fue aceptado por el régimen. Un artista que conocía los secretos del Valle de los Caídos y que se llevó esos secretos a la tumba.
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La próxima vez que contemples las colosales figuras del Valle de los Caídos, recuerda que detrás de la piedra y el bronce hay un coste humano. El de un hombre que fue utilizado, vigilado y finalmente silenciado para preservar los secretos de Estado.
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